Fargo.

En los últimos años se han puesto de moda las series sobre gente mala. Mala en el sentido dramático de la palabra (aunque, bueno, también lo sean en el sentido real). Los villanos como protagonistas tienen cierto encanto. El encanto es que como protagonistas que son uno se inclina a querer verlos cumplir sus objetivos, y que salgan airosos. Ha pasado con Breaking Bad, Dexter, House of Cards, por poner algunos ejemplos. Sin embargo, Fargo es una serie sobre gente mala en la que uno quiere que ganen los buenos. Bueno, al menos así me pasó a mí, ahora que recién termino de verla.

Lester Nygaard (Martin Freeman) no es en principio el mal tipo, al contrario, es la víctima. Mediocre, sí, pero es el que se ha aguantado todas las humillaciones en la vida. Tiene su punto de quiebre cuando se cruza con Lorne Malvo (Billy Bob Thornton), quien es un matón desalmado, el tipo más malo de Minnesota y además con pinta de ser más inteligente de todos y por lo tanto el más temible. El punto de quiebre es que Lester jamás pensó en la revacha como posibilidad: si toda la vida han hecho que te creas el pelele más impotente del mundo ¿qué pasa cuando alguien te dice que puedes vengarte? ¿Y si todos los demás están equivocados? (como reza uno de esos afiches de «autoayuda» que decoran la casa de Lester) ¿Cuán pequeño puede ser el empujón que necesites para dejar de ser la víctima y convertirte en el victimario? O, incluso, ¿cómo sobrevives la dinámica de la venganza cuando ciertamente no perteneces a ese modo de vida?

Si bien durante casi todo el primer episodio comprendemos la miseria de Lester y hasta queramos que todos los imbéciles que le rodean, incluyendo la esposa atorrante, reciban un trago amargo de vuelta,  Lester se convierte en el tipo que queremos que atrapen al final. Incluso su mentor, Malvo, a pesar de la encantadora frialdad con la que planifica y ejecuta sus encargos, en el fondo sabemos que no puede salirse con la suya. Y siento que es un planteamiento interesante, luego de ligar por ocho temporadas que no atraparan a Dexter, o las cinco temporadas en las que agradecimos que Walter White siguiera con su negocio de metanfetamina. ¿No?

Por supuesto, tenemos en este caso buenos contrapesos con la detective Molly, quien también lleva lo suyo y el «cariñoso» menosprecio que recibe de parte de su poco perspicaz jefe de policía. Molly junto al «policía veterinario» Gus Grimly se enfrentarán, casi desde la ingenuidad, a ese par de villanos, que son solo la punta del iceberg.

¿Lo mejor de Fargo? Para mí es el reparto, que no es solo que son buenos actores, sino que además están demasiado bien escogidos. Ninguno sobra. Desde Freeman, Thornton, Oliver Platt, Keith Carradine  hasta Kate Walsh, Colin Hanks o Adam Goldberg, y una prácticamente desconocida Allison Tolman que ya se ganó su primera nominación al Emmy por este papel como la detective Molly Solverson.

Aunque la historia va por otro camino distinto al de la película clásica de los hermanos Coen (quienes también se anotaron a este proyecto como productores ejecutivos), hay remembranzas (que no similitudes) entre personajes como Lester y Lundergaard, Molly y Marge, o los personajes de Buscemi y Goldberg, por ejemplo. También hay guiños que nos disfrutaremos y algunas escenas de la película que se repiten en la serie, en distintos contextos y personajes, casi como leit motiv. No es necesario para entenderla, pero yo personalmente recomendaría ver la película de los Coen y luego la serie para disfrutarse aún más estas señales.

Todo esto empaquetado en un supuesto «basado en hechos reales», que no lo es tanto. Tal vez, lo sí sea real pueda ser el hecho de que si no eres el tipo más malo de Minnesota, no lo intentes en casa, lo más probable es que la historia no termine bien… para ninguno de los dos.

 

El perdón como ¿venganza?

Suena un contrasentido, lo sé, y no es que realmente lo expresen de esa manera en la película. Me explico: es posible que a la primera, uno vea Philomena (2013) y termine concluyendo «¡Malditas monjas!» y renegar de la fe y la iglesia católica, como leí en un foro a uno de los participantes. Bueno, esa es precisamente la actitud del periodista Martin Sixsmith al ir descubriendo los detalles del terrible caso de Philomena y de cómo las monjas del convento donde fue internada le quitaron a su hijo y lo vendieron a padres norteamericanos, y además le negaron (escondieron) cualquier infomración sobre su paradero 50 años después. Es la indignación ante la injusticia y la rabia que humanamente puede generarnos. Pero, afortunadamente, la película no es sobre Sixsmith sino sobre Philomena, y al cabo no creo que pretenda quedarse en el campo de la denuncia y echarle más leña al fuego del descrédito en las comunidades religiosas católicas, ¿cierto?

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Philomena, por el contrario, representa el perdón, que por mucho es más difícil. Porque después de lo que le han hecho uno quiere que las monjas vayan presas, se arme un escándalo, el Papa las excomulgue, qué sé yo. Hay que verle la cara a 50 años de torturarse en búsqueda de un hijo arrebatado, y culpándose de un pecado que no lo fue tanto. La clave es precisamente que lo que busca Philomena es a su hijo perdido, no el castigo para las monjas.  Un detallazo.  Ojo, no creo que la película nos quiera vender un perdón resignado, como hacerse el loco con lo sufrido y dejar impune al victimario.  Entiendo el planteamiento del perdón  que no depende del que agrede, sino de uno mismo. De ahí su perdón como manifiesto personal frente a sus victimarias. 

Para los demás, espectadores representados tal vez por Sixsmith, de repente es más fácil quedarnos con la indignación.  Y la indignación muchas veces necesita venganza. Por eso el perdón de Philomena es un gran desafío, ¿qué mejor «venganza» que demostrarle en cara a tu victimario que no tuvo éxito, que has encontrado lo que buscabas, y que además estás en paz contigo?

Stephen Frears nos brinda nuevamente una película sencilla, pero encantadora, dentro de lo terrible de la historia original. En lo personal me encanta Judi Dench en este personaje. Menos ruda para lo que acostumbra, con un humor tan ingenuo como firme en sus convicciones.  Es interesante leer los reportajes sobre los eventos reales y las licencias dramáticas en la adaptación del guión, incluyendo comentarios de la Philomena Lee real, las reacciones de la comunidad de monjas del convento de Roscrea, y apreciaciones personales del propio Sixsmith.

En todo caso, recomendable ver Philomena no solo como una denuncia, sino una interesante lección de vida.

Sobre viajar en el tiempo.

About Time

Siempre lo he dicho. Viajar en el tiempo es tan fácil. Los jesuitas me enseñaron una técnica infalible (vamos, tampoco es un invento de los jesuitas, es más algo de naturaleza humana que ellos simplemente incorporan a sus ejercicios), y es «revisar cómo ha sido tu día» antes de dormir. Es como ver fragmentos de lo que te ha pasado y ver qué ha sido bueno o no tanto. Llámelo «espiritualidad ignaciana» o simplemente «recordar es vivir», cuando hacemos esa revisión podemos rehacerla (en nuestra mente, por supuesto) y pensar qué palabras hubieran sido mejores, qué actitudes pudieran haber sido más proactivas, qué cosa no vimos en el momento que nos hubiera ayudado a comprender mejor una situación, etc.

Básicamente es lo que nos propone About Time, de Richard Curtis. Un chamo de 21 años descubre que puede viajar en el tiempo, según le confiesa su papá. Las reglas son sencillas: solo puedes viajar al pasado, no al futuro. Puedes ir a sitios y momentos en los que hayas estado personalmente (es una premisa que rápidamente se vuelan, jejeje, pero bueno), y debes usar el viaje para hacer que tu vida sea como quieres que sea (ojo con el dinero, ojo con el mínimo esfuerzo, ojo con el amor). Es decir, es un método aplicable en la vida misma, sin necesidad de mucha tecnología y efectos especiales. Quizá por eso esta película no entra en género de ciencia ficción y se queda en los terrenos hermanos de la fantasía.

En principio se nos presenta como una historia romántica del joven y el amor de su vida, pero pronto descubrimos que es más que eso. En realidad las historias de viajes en el tiempo van de poner nuestras experiencias en perspectiva. No se puede cambiar el pasado, pero puede recordarnos el camino que hemos venido recorriendo. Se trata de cómo decides vivir tu vida en el presente y el legado que dejas. Prometido algún nudo en la garganta y algunas lagrimillas, cortesía de Bill Nighy, mientras entendemos esto último. ¡Feliz viaje! 🙂

Blue Jasmine

Acabo de ver Blue Jasmine. Lo que siempre me ha gustado de las películas de Woody Allen son sus personajes neuróticos, algunos más divertidos que otros, pero todos ellos tan comunes, tan parecidos a cualquier vecino o a nosotros mismos. Confieso que me gustaban mucho más las películas que el mismo Allen protagonizaba y exploraba (o explotaba) sus propias neurosis. En este caso la neurótica es Cate Blanchet.

Cate Blanchett in Blue Jasmine

Jasmine es una «viuda» que ha vivido siempre en una gran burbuja de riqueza y gran clase, como si el lujo lo fuera todo, con un esposo multimillonario al que cree honesto, filántropo y fiel. Despreciaba todo lo que según su percepción era una vida ordinaria y de poca monta, que para efectos de esta historia, es su hermana adoptiva (que curiosamente, Jasmine también lo era). Pero, ¿qué pasa cuando la burbuja se rompe? ¿Tiene cómo enfrentar la realidad?

Las burbujas pueden protegernos. Posiblemente nos hemos inventado alguna si nos han herido, en algún momento de inseguridad, o tal vez en otro de ambición. No voy a decir que son lo más sano, pero son mecanismos de defensa. El problema es cuando Jasmine intenta salir de una burbuja para inventarse otra. Si en la primera burbuja dejó que le mintieran para mantener sus ambiciones y sustentar sus delirios de grandeza, busca construirse otra burbuja mintiéndose ella misma, y a los demás. El resultado puede ser tan abierto como la historia que nos cuenta Allen (de hecho, siento que no nos está contando realmente una historia, sino tan solo la construcción de un personaje y su contexto)

Uno de los personajes secundarios tiene un parlamento que me gustó mucho. Augie, un hombre «simplón», ex-cuñado, quien perdió todo su dinero estafado por el esposo de Jasmine le dice: «Algunas personas no dejan pasar las cosas tan fácil«. Con las burbujas es fácil, pero por ahí puedes quedarte fuera de la realidad. Como dice la canción de Santiago Feliú, «toda tu vida corre el peligro de vivir lo que quieres creer«.